dissabte, 17 de juny de 2017

Una mañana con Michel Foucault


El calor arrecia de tal modo que, a las nueve de la mañana, el sudor empaña mi cuerpo. Estoy tumbado encima de la cama, desnudo, inmóvil. Cierro los ojos. La luz que penetra el ventanal es tan resplandeciente y tan abrumadora como en los instantes previos a una revelación mariana. O, según prefieren algunos, a la llegada de una nave marciana maniobrando para proceder a mi abducción. Siento como millones de poros de la piel se abren, como las bocas de los pececitos recién pescados en la cubierta del "Virgen de Getxo".

¿Cuándo se jodió este país? pienso, de repente y sin aviso previo, ya que lo de Cataluña cada vez me jode más pero me preocupa menos. A mi lado, el libro de Michel Foucault, "Vigilar y castigar", edición de Siglo XXI Editores, mayo de 1994, Madrid. Traducción de Aurelio Garzón del Camino [Aurelio: no se si estás vivo o muerto, pero en ambas situaciones te felicito]. Le miro de lado y sospecho que ese libro emite algo, desprende mala leche, pesimismo y sueños oscuros.

La primera vez que me metí entre las páginas de Foucault fué sobre los 25, con su espeluznante "Yo, Pierre Rivière", el relato de un parricidio en el siglo XIX contado con todo lujo de detalles por el autor de Poitiers, que recogió minuciosamente las actas del juicio y todo tipo de crónicas y reseñas del suceso. Foucault tiene algo que me cuesta explicar, y por lo tanto me remito a las imágenes: la lectura de Foucault actúa sobre el espíritu tal como lo hacen algunas grandes obras de arte: uno es otro después de leerle, es algo parecido a una iluminación, un fogonazo. Como esa luz que me atormenta en esta mañana. Hace años, hablando con un sabio de la cinefília a propósito de Tarkovsky, me dijo que las cintas del genio ruso producen una epifanía en el espectador. Pues eso. Me pasa lo mismo con la música de Bach, algunas pinturas de Caravaggio y de Rembrandt (y de su discípulo tardío Odd Nerdrum).

Cuando pienso en la novela negra se me cruza siempre Foucault por enmedio y me desbarata el plan. No se trata solo del viejo (e inútil) debate sobre el dilema realidad o ficción. Se trata de qué... ¿cómo diablos se puede escribir novela negra después de Foucault? Con la literatura de ese género tengo -como con muchos otros fenómenos "culturales"- una relación conflictiva, para qué vamos a negarlo. Siempre percibo la tensión, la duda, la sospecha. Uno está bastante harto de leer textos supuestamente del "género negro" que no aportan nada, que no conmueven ni emocionan. A veces es porqué están tan mal escritos que a uno le secuestra la palabra "bazofia" y debe mandar el libro al carajo con urgencia. Y a veces es porqué lo que cuentan (aunque esté bien contado) es débil, fruto de una imaginación flacucha y timorata, que cae en un costumbrismo de sofá y pantuflas.

Escuchen ustedes como suena el Pierre Rivière:
Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, a mi hermana y a mi hermano...
Y ahora los primero párrafos de "Vigilar y castigar":
Damiens fue condenado, el 2 de marzo de 1757, a "pública retractación ante la puerta principal de la Iglesia de París", adonde debía ser "llevado y conducido en una carreta, desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano"; después, "en dicha carreta, a la plaza de Grève, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado deberán serle atenazadas las tetillas, brazos, muslos y pantorrillas, y su mano derecha, asida en ésta el cuchillo con que cometió dicho parricidio, quemada con fuego de azufre, y sobre las partes atenazadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiendo, cera y azufre fundidos conjuntamente, y a continuación su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos por el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento".
"Finalmente se le descuartizó, refiere la Gazette d'Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro hubo que poner seis, y no bastando aún eso, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas...
"Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; que tan solo los extremados dolores le hacían proferir horribles gritos y a menudo repetía: Dios mío, tened piedad de mi; Jesús, socorredme". Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de Saint-Paul, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento alguno sin consolar al paciente".
Después de leer eso, cierre usted el libro y dispóngase a escribir novela negra, a ver quién es el guapo. Dispóngase a otorgarse el derecho a creer que le va a contar a un lector cualquiera lo que hay de negro en el mundo, en el alma humana. La novela negra se llama "negra" por esa pretensión y no por otra causa, y ese el objetivo artístico que debe tener en mente el escritor cuando escribe. Todo lo demás son excusas baratas sobre el procedimiento policial, ese costumbrismo con policía que tanto se lleva y que confunde el argumento con el tema, la argucia con el fondo. Y se producen unos debates insípidos, salpicados a veces por frases ingeniosas. El otro día, un escritor (¡y experto!) de novela negra dejó caer una pregunta que debía pretender graciosa: "¿Es obligatorio que todos los protagonistas de la novela negra sean unos amargados?". No encuentro la respuesta adecuada, salvo decirle que voy a obviarle y que no pienso leer ninguna producción suya.

Me temo que eso podría ser -quizás, aunque Dios no lo quiera- el siguiente paso en la novela negra: la novela negra con personajes felices, final feliz y mensaje optimista. Quizás ya va siendo hora de que, quién escribe (y publica, por más inri) novela negra en este país tenga el detalle de haber leído algo antes de ponerse a escribir. Y con "algo" no me refiero a que haya leído las obras completas de Foucault ni de Schopenhauer: me refiero a que disponga de ciertos referentes del pensamiento y de la literatura universales, ya que ni Cataluña es un ente que flota en el espacio vacío ni los lectores son tontos. Lectores quedan pocos, y por lo tanto se les debe un respeto. Ya que, de lo contrario, se limitarán con la televisión o el Facebook.

Y ahora vuelvo al suplicio de Robert-François Damiens, el tipo que abre "Vigilar y castigar". Me conmueven dos elementos del relato, quizás marginales. El primero es el uso del término "parricidio" por parte de la prensa de la época. Damiens había atentado contra el Rey Luis XV, de modo que se usó "parricidio" para equiparar al rey con un padre. El segundo es lo que más me interesa. Se trata de la mención -tangencial- al público que asistió a la ejecución ("todos los espectadores quedaron edificados"), una mención cuyo objeto no es mostrarle si no subrayar lo edificante de la acción piadosa del párroco, el verdadero sujeto de la oración.

Y finalmente regreso al relato. La mañana calurosa. Mi cuerpo tendido encima de las sábanas, la sospecha de que quizás nos mienten los científicos de la NASA y lo que pasa es que el Sol está empezando a estallar antes de lo previsto con lo cual ni Tarkovsky ni Bach ni Nerdrum ni Caravaggio. Recuerdo que, en alguna parte del piso hay un libro de La Felguera, esa editorial que me reconcilia con los editores. Se trata de "Londres Noir, El libro negro del crimen" (Madrid, octubre de 2015), un laborioso compendio de crónicas de la prensa criminal londinense del XIX que se publicaron bajo el título de "The Newgate Calendar. The malefactors bloody register". Con finalidad edificante, las crónicas relatan las fechorías de los criminales más espeluznantes junto al relato pormenorizado de su ejecución pública. Otra vez los espectadores. Hombres, mujeres y niños. Muchos niños, llevados a la plaza del cadalso con intención didáctica, para obtener una lección inolvidable sobre de qué va el asunto.

Por un instante sueño, en el duermevela creativo y fulgurante, que me pongo a escribir una novela sobre un niño de esos, uno de los que asistieron a la ejecución de Robert-François. Hay una milésima de segundo en que me siento como un Charles Dickens en potencia. Y me acuerdo de Borges con un cariño especial: Borges es el genio de la literatura que soñaba novelas pero jamás las escribía: ¿para qué escribir?. En su actitud hay algo que resuena en mi: una mezcla de pereza y de percepción de la inanidad de cualquier acto creativo. Luego, nada. El cuerpo sudoroso y nada más.

Con el dedo gordo del pie empujo el libro de Foucault hacia el otro extremo de la cama, el lado vacío. Me demoro un instante en el último tramo, en los últimos dos o tres centímetros de colchón antes de rebasar el centro de gravedad del ejemplar de papel encuadernado en 1994, cuando yo contaba 30 años. Solo un empujoncito más y el libro se caerá al suelo. Escucharé el leve chasquido del lomo cuando percuta la baldosa. Eso sucede cuando tengo otra vez los ojos cerrados. Incluso los párpados están húmedos y mi respiración es el bajo contínuo de Bach. A lo lejos se escucha el sonido de los altavoces de la plaza, que llega hasta mi cruzando centenares de metros cúbicos de aire flamígero. Fiesta mayor del barrio. Han puesto la canción del año. "Despacito".